sábado, 19 de noviembre de 2011

Morir por el protocolo


Hablar del protocolo en la España de los Austrias del siglo XVII, sería cosa de nunca acabar. El endiosamiento de esta familia real, no tenía límites. Pero a un rey la rigurosidad del protocolo le costó la muerte.

Para haceros una idea de la rigurosidad con la que se regía el tratamiento a la familia real, basta unos ejemplos. En la corte de los Austrias, nadie podía volver a montar un caballo en el que hubiese montado el rey, y la misma ley se hizo extensiva a las amantes reales, lo que determinaba que muchas de ellas, pasados los ardores del monarca, ingresaban en conventos de clausura. Más tarde con los Borbones, ya la cosa cambió, nunca pretendieron que sus amantes se apartaran del mundo y, después del capricho, las dejaron seguir en sus escenarios y sus platós.

Felipe III

Felipe III se cuenta que murió prematuramente por culpa del rígido protocolo. Era marzo de 1621, y a veces en Madrid, marzo puede ser siberiano. Le habían colocado un potente brasero tan cerca del rey que éste comenzó a sudar copiosamente. El marqués de Tobar hizo ver al duque de Sessa que quizá convenía retirar un poco el brasero, pero, por cuestiones de protocolo, ese cometido correspondía al duque de Uceda, pero se había ausentado. Cuando pudieron localizarlo y traerlo, el rey estaba empapado en sudor. Aquella misma noche se le presentó una erisipela que se lo llevó al sepulcro.


Vía: Historia de España contada para escépticos. Juan Eslava Galán.


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