jueves, 4 de junio de 2026

Los curas del trabuco

 

    Los llamados curas del trabuco, mataban en nombre de Dios; « Altar y trono» era uno de sus gritos de guerra preferidos. Ya en la guerra contra los franceses justificaban y alentaban los asesinatos a sangre fría de los soldados galos, diciendo que matarlos acercaba a Dios a quien lo hacía.

   Empezamos por Jerónimo Merino, el Cura Merino, el jefe guerrillero de la contienda contra los franceses, que había acabado la guerra con grado de general. Por su rechazo desde el primer momento a la Constitución de Cádiz y por la fidelidad a Fernando VII, este le concedió la Laureada de San Fernando. Cuando llegó el Trienio Liberal volvió a las armas en sus tierras burgalesas y apoyó a los Cien Mil Hijos de San Luis, luchando contra su antiguo compañero de armas El Empecinado. Al estallar la Primera Guerra Carlista en 1833, se volvió a echar al monte, a pesar de sus años se le veía ágil, con crucifijo y trabuco o sable en la mano, alentando a sus hombres en defensa de la religión y contra la iniquidad que representaban las nuevas ideas. Su fanatismo fue tal que no aceptó el Abrazo de Vergara y prefirió exiliarse a Francia, en donde murió, aunque luego su cuerpo fue llevado a Lerma.
Cura Merino

   Benet Tristany. Este cura y canónigo catalán llegó también al generalato en el ejército carlista y mandó una partida de cientos de hombres que actuaron por toda Cataluña. Durante el Trienio Liberal se echó al monte, aunque su triste fama no le llegó hasta la Primera Guerra Carlista. En una acción ocurrida en febrero de 1837, tomó presos a unos setecientos liberales, fusilando a unos trescientos de forma cruel y gratuita, lo que mereció el reproche de sus mismos jefes. Tras resistir con Cabrera hasta el último momento, pasó a Francia en 1840, en donde encontró refugio. En 1846 estalló la Segunda Guerra Carlista (o Guerra Dels Matiners), que se dio únicamente en Cataluña. Tristany regresó de Francia y volvió a ser uno de los principales cabecillas, pero fue capturado y fusilado en mayo del año siguiente.  

   Lucio Dueñas, también conocido como el Cura de Alcabón, cuya partida actuó en Castilla y en Cataluña, llegando a estar condenado a muerte en varias ocasiones. Varias veces fue hecho preso y varias indultado, pero se negó a apaciguarse, y en 1869 ya había pasado a ser uno de los generales carlistas. Al final fue capturado y, fue enviado a Cuba, para volver luego a Estella, en donde finalizaría su vida tras un último indulto. 

   Manuel Ignacio Santa Cruz Loidi, del que podemos afirmar que fue claramente un fanático criminal. En su numerosa cuadrilla llegaron a formar varios curas también vascos. En 1872, cuando el pretendiente carlista declaró abiertamente la guerra, inició su carrera asesina amparado en una visión fanática de su causa. Pío Baroja le describió en "Zalacaín el aventurero", como un sanguinario asesino que disfrutaba de la fama que le envolvía, también Valle-Inclán le incorporó a sus novelas, y Pérez Galdós le retrató igualmente, cada uno con sus diversas interpretaciones, aunque todas muy críticas. En años recientes, el moderado Julio Caro Baroja, sobrino del escritor, hablando de ETA dijo que esta organización era una mezcla de Mao y del Cura Santa Cruz. 


El cura Santa Cruz


   Su grupo guerrillero llevaba unas banderas negras en donde, en dorado, figuraban una calavera y su consiguiente par de tibias cruzadas con el lema: « Guerra sin cuartel» . En el reverso estaba también la frase « victoria o muerte». Fue, con mucho, quien más fusiló a los vencidos que se habían negado a rendirse, como represalia y advertencia a los demás. Estos actos criminales los extendió a las mujeres. Su siniestra fama comenzó a extenderse, y el diputado liberal Manuel Aguirre ofreció 10.000 pesetas por su cabeza. Su modo tan independiente de hacer la guerra pronto le indispuso con sus mandos. Pronto le comenzaron a llegar órdenes de dejar el mando so pena de declararle traidor e incluso fusilarle, pero hizo caso omiso y siguió actuando como un vulgar bandolero, sin obedecer a ningún mando superior. De esta manera siguieron las ejecuciones de alcaldes, los apaleamientos de concejales, las misas obligatorias cuando entraban en los pueblos como manera de depurar las costumbres liberales, la confiscación general de bienes, el rapado de mujeres sospechosas de conducta desviada... 

   El general en jefe Lizárraga dijo de él que « trabajaba favor del infierno» Don Carlos firmó su sentencia de muerte, acusándole de rebelde y traidor. Santa Cruz se exilió a Francia, no obstante, cegado en sus posiciones y en su megalomanía, en noviembre de 1873 regresó al País Vasco con el fin de sublevar al ejército carlista en su favor. Al final fue hecho preso y cuando llegó la Restauración de Alfonso XII, sus aventuras ya no tenían sentido. Tras pasar por Lille, París y Londres, acabó en 1876 de misionero en Jamaica y luego en Colombia. Dicen que se arrepintió de su pasado sangriento y nunca más utilizó su apellido Santa Cruz, remplazándolo por su segundo, el de Loidi. Murió olvidado de casi todos en 1926.

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